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Los expertos en relaciones laborales están de acuerdo: las empresas deben dar facilidades a sus trabajadores para que vean los partidos de Chile en el Mundial sudafricano. Y ofrecen opciones. Pueden reunirse en el lugar de trabajo para vivir juntos “la previa”, llegar después del encuentro, hacer el desayuno juntos (o el asado, según cada caso). Pero hay que darle facilidades al personal. A nadie se le ocurre, por buen sentido, que una empresa se interponga entre el Mundial y su gente.
Por Edgardo Marín.
Hay más. Algunos economistas –tal vez la mayoría-, esperan una disminución de la producción durante las semanas mundialeras. Se supone –con base en la experiencia-, que las horas pasadas frente al televisor no se recuperan en la práctica. La producción también disminuirá por las previsibles deficiencias del transporte, que se espera que sea “un infierno” (más azufrado que el habitual) durante estos días. En fin, la vinculación del mundo del trabajo y el fútbol está a la vista. Por lo tanto, también el de la producción. Y, de todos modos, el de la economía, a través de cientos o miles de implicancias: venta de televisores (a las casas comerciales chilenas el Mundial les ha venido de perillas, pues les permite deshacerse de su stock de aparatos análogos a poco de la llegada de la televisión digital), de camisetas (a precios escandalosos), de publicidad televisiva, de alimentos en restaurantes y carnicerías, de figuritas y juegos de todo tipo, de planes turísticos. El fútbol es, sin duda alguna, un motor social de alcance indiscutible. Un fenómeno nada nuevo. La primera vez que el país se conmovió por un suceso futbolístico fue en 1920, cuando correspondió debutar como organizador de un campeonato sudamericano. Se jugó en el Valparaíso Sporting Club de Viña del Mar y nadie de la zona, particularmente del Puerto, quería perderse la fiesta. “Como no hay camino plano habrá necesidad de hacer uso de todos los medios de locomoción, incluso remolcadores, vaporcitos, etc… que podrán transportar a miles de aficionados desde el muelle Prat a la Población Vergara”, informaba un dirigente chileno en los días previos. En aquel primer torneo en tierra chilena, un árbitro nos perjudicó, el gobierno se resistió a aportar recursos financieros, obtuvimos un “triunfo moral”. O sea, varios fenómenos empezaron entonces y se extendieron por muchos años. Felizmente, ya no vivimos de triunfos morales y los gobiernos empiezan a reconocer al deporte. Lo que felizmente no cambia es el entusiasmo popular. En aquel 1920, se publicaba esta carta en la prensa: “…rogamos a Ud. se sirva pedir al comercio que no tiene establecido el sábado inglés, cierre sus puertas a mediodía para que todos los empleados amantes de los deportes puedan concurrir a presenciar estos torneos que se efectúan por primera vez en Chile”. Cambia la hora de los partidos, pero no la pasión. |